miércoles, 30 de noviembre de 2011

La vida es un sueño

"¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño;
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son."


Calderón de la Barca


Y remitiéndome a este texto comienzo mi blog de hoy. 1 de diciembre de 2011. Un número bonito: 1-12-11. O será mi percepción. Porque, como dijo cierto personaje inexistente "reality is a matter of perception". Total, que hoy es un día importante. No porque haya pasado nada. Simplemente ha sido uno de esos días en los que han colisionado mi pasado y mi (probable) futuro. Resulta que en una semana tengo la oportunidad de cambiar mi vida el próximo curso. Lo que pasa que ya no depende de mí. Ya he trabajado duro, lo seguiré haciendo. Pero espero que lo que he hecho hasta ahora dé sus frutos.


Podría hablar sobre millones de cosas en referencia a esto de trabajar duro. De hecho, me preocupo todos los días por mi futuro. ¿Me servirán de algo mi carrera universitaria, mis títulos en inglés, francés y alemán, mi carrera como bailarina, y como dice mi padre, mi carrera en la vida? Porque tener 2 horas diarias libres al día es sacrificar mucho. Lo hago porque quiero, me siento realizada. Prefiero que me falte tiempo a que me sobre. Por eso muchos días como en 15 minutos, duermo 5 horas y me paso otras 5 bailando. Agradezco a mi cuerpo que aguante todo esto.


Pero no es eso de lo que vengo a hablar. Como bien lo expresa el título de la entrada, la vida es un sueño. Sueños pasados y futuros, o presentes en referencia al futuro. Un sueño cumplido, nunca olvidaré el momento que supe que había entrado al conservatorio y que me venía a la gran ciudad. Conocer, experimentar, cambiar. Y lo que he aprendido estos años. Madrid me ha aportado (y sigue) mucho. Todo lo que he aprendido sobre la vida. Moverse, arriesgar, fallar, aprender. Trabajar duro día a día. Esforzarse. Días buenos y malos. Gente excepcional y gente insoportable. Gente que quieres conocer más y otros que desearías no haberlos conocido nunca. Y todas las enseñanzas que aprendes de ellos, tanto de los primeros como de los segundos. Tomar referencia de los primeros, escuchar lo que te dicen, aceptar las críticas porque sabes que te quieren ayudar a hacerlo mejor, a ser mejor. Huir de lo que te enseñan los segundos, evitar ser como ellos. Se trata de ser un científico ante sus ratas en una caja. Aprender, absorber, ganar.


Todavía vivo mi sueño, pero como no, siempre hay otros mayores, siempre se desea más. Sé que si puedo irme me iré. Pero también sé que echaré de menos esto. Tengo muy buenos recuerdos. Lo recordaré con nostalgia, igual que recuerdo ahora Bilbao. Hoy precisamente hablaba con mi compañera de piso de mi infancia. Feliz, una educación muy buena. El peligro era que me podía haber quedado dormida. Pero por suerte desperté. Lo único nocivo es que ese despertar fue tan desesperado que ahora no paro de hacer cosas. Quiero abarcarlo todo. Como si fuese a morir mañana. Si, es el triple de cansado.Pero esos es vivir. Sentirse echo una mierda o muy feliz, cansado o con los nervios a flor de piel.


El momento de choque fue en uno de esos autobuses azules que circulan por las calles de Madrid. El otoño, una estación maravillosamente maravillosa. Soy más de verano, pero el color, la luz del otoño, eso no se encuentra en ninguna otra estación. Cuando la luz baja del sol incide sobre las hojas verdes, amarillas, ocres de la Avenida Complutense. E ir caminando con la música, bossa nova concretamente, esas magníficas voces que se arrastran sobre las notas  convirtiéndose en una melodía fluida, que se mece, que recuerda a las olas del mar. Y todo acompañado por la belleza del idioma portugués. Entonces pensé que quizá este sería el último 30 de noviembre que estaré aquí en Madrid. Y a lo mejor el año que viene desde otra ciudad, el mismo día, me acordaré de este momento. Momentos a lo mejor insignificantes, pero que el cerebro los retiene porque significan algo importante para la persona. Emocional, valorar lo excepcional de la rutina. 


Al siguiente minuto me acordé de otro sueño cumplido, pasado. Unas vacaciones de verano irrepetibles. Nueva York, julio, dos semanas. Estar con una amiga. Bailar. Conocer a gente maravillosa, hospitalaria, generosa. De esas personas que a veces te preguntas si quedan en el mundo. Redescubrir a una persona, que te sorprenda, reencontrar una amistad. Días magníficos. Llegar a NY un lunes, 40º, escuchar las primeras palabras en inglés, soltarse. Ir a donde uno quiere a hacer lo que quiere. Vivir la Gran Manzana. Revisitar sitios, descubrir nuevos. Pasear al perro por Central Park. Ser un neoyorkino, aunque sea por dos semanas. Comer en Chinatown e ir a la Estatua de la Libertad. Comprar en 5th Avenue, comer en Whole´s Food y sentarse en Broadway para perpetuar en forma de memorias ese presente. Celebrar un 20 cumpleaños bailando en NY, desayunando crêpes, teniendo interesantes conversaciones, saliendo a cenar. Querer retener todas las experiencias en papel. Esa sensación de estar en el lugar adecuado en el momento adecuado. No tengo palabras para expresar lo sentido, hay que vivirlo.


Después Ámsterdam, luego París. Más momentos inolvidables. Viajar con las amigas, esas cosas que se recuerdan de mayor. Prefiero arrepentirme de cosas que he hecho a las que no he hecho. Probar. Salir todas las noches. Pasear en bici buscando un molino, perdernos. Me encanta perderme. Descubrimos pueblos, rutas que de ninguna otra manera hubiésemos encontrado. Porque a veces es mejor no ir por el camino asignado, en el que todo es más o menos previsible. Seguir impulsos, y descubrir que poco a poco te vas situando en tu lugar. No saber donde vas a acabar, pero saber que es una buena dirección y estar a gusto. Al final encontramos un paisaje bellísimo, un lago con un molino de fondo. Y sentarse a charlar. O callar. Tumbarse en un embarcadero y dejar que el sol veraniego bañe la piel. El silencio de la naturaleza. Lo interesante que es el silencio. Ese momento de calma en que parece que el mundo se detiene, que siempre se va a estar allí, sentada en ese embarcadero. Otro momento: hallarse en un parque, empezar a adivinar de fondo una canción. Según se va acercando, descubre a un músico callejero tocando y cantando: The scientist, Coldplay. Grabar el instante en vídeo. Sentirse un impresionista contemporáneo, queriendo capturar esa impresión. Conversaciones filosóficas y más gente interesante. 


París. Llegar lloviendo. Sentirse como en casa. Hacía 7 años que no visitaba la ciudad. Cual fue mi sorpresa cuando al salir del metro cercano al hostal me encontré el Moulin Rouge de frente. Cenar un crêpe parisino. Levantarse y tratar de entrar en el Musée d'Orsay, caminar kilómetros sin mapa: La Place Vendôme, La Place de la Concorde, la Ópera, les Champs Elysées. Comer, andar, comprarse un libro en francés. Moverse hasta la Torre Eiffel. Tratar de leer un libro en francés, difícil después de dos años sin practicar la lengua. Coger un tren a Lyon. Pasar un magnífico tiempo con Ju y su familia. Intentar soltarse otra vez para hablar francés. Que una niña de 8 años te suelte parrafadas sobre sus juguetes y quedarte con la boca abierta. Pasear por el campo y hablar sobre la vida. Mi querida amiga que se marchó a Alemania. Dos magníficos años pasados con ella en Madrid. Pero cumplió su sueño. Así que feliz, muy feliz por ella. Visitar Lyon, comer más crêpes, conocer más gente maravillosa y escuchar jazz en la Ópera de Lyon. Tomar algo en una peniche. Volver a Paris, visitar más cosas. Conocer más gente: una neoyorkina y una parisina. Salir a tomar algo con ellas por Montmartre. Esas noches inesperadas que es cuando mejor te lo pasas. Muy feliz por haberme atrevido a hacer estos viajes. Y también por haber podido.


Y finalmente, sueños cumplidos y otros que quizá se cumplan. Y hablando de sueños, a dormir me voy, para después de haber estado un rato en las nubes, volver por la mañana a la realidad.

No hay comentarios:

Publicar un comentario